Me sentía de mal humor. Antonella me irritaba con frecuencia. Adoraba las horas previas a su llegada al aeropuerto. Yo me había hecho de esto un rito y lo disfrutaba mucho. Buscar un lugar donde quedarnos, lavar el auto, elegir mi ropa, imaginarme los próximos 3 o 4 días solo de sexo y placeres culinarios. Antonella era maravillosa en la cama. Me gustaba mucho sus maletas llenas de disfraces y saber que durante semanas preparaba el viaje. Compraba ropa, aceites para darme masajes, música y traía nuevas recetas con las cuales deleitarme. De ese modo, el placer empezaba mucho antes. Cada llamada telefónica o correo electrónico era una oportunidad para calentarnos.
Su problema era que hablaba mucho, como buena italiana era extrovertida hasta el extremo. Bromeaba con eso y decía que con ella, yo cumplía la fantasía de todo hombre: una amante Italiana. Hablaba tanto que me desconcentraba y hacia que habitualmente a la salida del aeropuerto me perdiera y terminaba dando vueltas por la autopista intentando llegar pronto a nuestro nuevo escondite.
No me gustaba estar en publico con ella, sobre todo por que se ponía incontrolable. Sus conversaciones me resultaban aburridas, no era interesante intelectualmente y tampoco de un humor que pudiera disfrutar. Me parecía extraño, dado que era obviamente inteligente y de un cuidado y bien cultivado perfil académico. Siempre destacaba.
La recuerdo de niña cuando nuestras madres eran vecinas y se juntaban a cotorrear en la peluquería. Que buenas calificaciones tiene Antonella, que bien toca la guitarra Antonella, que bien nada Antonella. ¡Puta¡, a los siete años uno no puede entender la mala suerte de tener una vecina que hace todo perfecto. Como mierda se puede nadar, tocar guitarra y hacer las tareas de matemáticas a la perfección. Me resultaba una pulga en el oído. Favorita de los curas del colegio. Había uno especialmente, de vestir elegante, que siempre la llamaba para tocar la guitarra en la parroquia.
En ese entonces, no hacia caso de sus acercamientos infantiles y me parecía flaca y desgarbadas. Tampoco acepte sus acercamientos adolescentes. Eso que fuera cercana a los curas, tocara guitarra en la misa, buena alumna y practicante católica me parecía extremadamente poco sexi para mis necesidades del instante. Me apetecían las chicas malas y me soñaba aprendiendo de algunas de las mayores del colegio.
Ahora era distinto, ya en los cuarenta y tantos años, se había transformado en una belleza. Su pelo desordenado, sus ojos verdes y labios gruesos la habían convertido en una mujer atractiva. Recuerdo sobre todo, sus piernas largas, largas como solo pueden serlo las piernas lindas. Recuerdo sus piernas tostadas, esa sorpresiva noche cuando la vi en una calle oscura caminando sola y con el rabillo del ojo la reconocí después de casi veinte años sin verla y terminamos en la barra de un bar.
De esa noche en el bar habían pasado unos dos años en que la seguí rechazando como siempre. Hasta que un día me lo dijo directamente por correo electrónico y acepte tener sexo con ella. No se porque, me pareció excitante que la buena chica de la infancia fuera ahora una mujer directa y sin temores. Le pedí que comprara de inmediato pasajes y a los cinco minutos estaba todo coordinado.
De ese primer viaje ya había pasado un tiempo y ahora en este nuevo encuentro, puta que me tenía aburrido. Por que cresta acepto esto, me pregunte en silencio.
Le di vuelta la espalda, pensé irme, para mi transcurrió un segundo o dos. Deben haber sido unos buenos minutos. De pronto sentí su presencia nuevamente detrás de mí. Yo miraba hacia la puerta. Ella tomo mi mano con fuerza y yo gire con violencia. Allí estaba parada frente a mí, con una bata de enfermera adecuadamente corta para la ocasión y abajo una ropa interior de encaje negro. Sentí como el calor recorría mi cuerpo y me venia la calentura, me sentí manipulado. Se acerco, me hablo al oído: “Perdón, no te vayas. Me entrego a ti, te obedeceré, condúceme con mano firme”. Todo transcurría muy rápido, yo habría su bata para descubrir que su ropa interior era aun mas linda y caliente. Su estomago plano, su piernas suaves, sus ojos ahora calmados, un mechón sobre su rostro. Yo mordía sus labios, ella llevaba sus manos sobre mi pantalón y desabrochaba mi cinturón. Sentía sus mejillas rojas de excitación, yo disfrutaba de cada gesto pero también algo de desconfianza sentía de sus ruegos. La tome del pelo. Esto no te saldrá gratis, le advertí. Le recordé una conversación telefónica muy sensual donde me dijo que opinaba que a una mujer la hace su hombre.
En ese entonces, la sentí machista y conservadora, me reí, desde mi posición liberal, de sus dichos. Otro cuento es con guitarra y ahora, en ese instante, era una mina rica, exquisita en mis brazos prometiendo obedecer.
Esa noche, yo no estaba para juegos y se lo hice saber, le seguí tirando del cabello, mordiendo los labios, humillándola, quería darle una última oportunidad de dejarme ir. Una vez anterior le di un correazo en las nalgas y río. Esta vez seria distinto. No recuerdo exactamente mis palabras pero ambos teníamos claro que esta vez seria distinto y cuando le ordene ir a la habitación y ponerse de cuatro patas en la cama, ambos sabíamos que la iba a castigar.
Le di vuelta la espalda, pensé irme, para mi transcurrió un segundo o dos. Deben haber sido unos buenos minutos. De pronto sentí su presencia nuevamente detrás de mí. Yo miraba hacia la puerta. Ella tomo mi mano con fuerza y yo gire con violencia. Allí estaba parada frente a mí, con una bata de enfermera adecuadamente corta para la ocasión y abajo una ropa interior de encaje negro. Sentí como el calor recorría mi cuerpo y me venia la calentura, me sentí manipulado. Se acerco, me hablo al oído: “Perdón, no te vayas. Me entrego a ti, te obedeceré, condúceme con mano firme”. Todo transcurría muy rápido, yo habría su bata para descubrir que su ropa interior era aun mas linda y caliente. Su estomago plano, su piernas suaves, sus ojos ahora calmados, un mechón sobre su rostro. Yo mordía sus labios, ella llevaba sus manos sobre mi pantalón y desabrochaba mi cinturón. Sentía sus mejillas rojas de excitación, yo disfrutaba de cada gesto pero también algo de desconfianza sentía de sus ruegos. La tome del pelo. Esto no te saldrá gratis, le advertí. Le recordé una conversación telefónica muy sensual donde me dijo que opinaba que a una mujer la hace su hombre.
En ese entonces, la sentí machista y conservadora, me reí, desde mi posición liberal, de sus dichos. Otro cuento es con guitarra y ahora, en ese instante, era una mina rica, exquisita en mis brazos prometiendo obedecer.
Esa noche, yo no estaba para juegos y se lo hice saber, le seguí tirando del cabello, mordiendo los labios, humillándola, quería darle una última oportunidad de dejarme ir. Una vez anterior le di un correazo en las nalgas y río. Esta vez seria distinto. No recuerdo exactamente mis palabras pero ambos teníamos claro que esta vez seria distinto y cuando le ordene ir a la habitación y ponerse de cuatro patas en la cama, ambos sabíamos que la iba a castigar.
Cuando trato de recordarlo todo, siempre encuentro alguna laguna mental. Me recuerdo, mirándole el culo, con la bata blanca apenas cubriéndolo. Que hermosa vista, lastima no haber sacado una foto. La acaricie sobre la bata y después debajo. Corrí lentamente la bata para no perderme nada. Comencé a darle nalgadas despacio y después más fuerte. Aguantó bien. Sentí mis manos calientes al igual que su cuerpo. Puta,puta, puta.. Tienes que aprender..parecía un pez como aleteaba sobre la cama al darse vuelta para darme sexo oral. La tomaba del pelo, después al suelo de rodillas para seguir languetiandome. La bata blanca ya no estaba y seguía con calzón y sostén. Fucking Face. Con sus mejillas rojas, me miraba complacida. Yo aun desconfiado.
Luego, me canse, no quise seguir. La acosté sobre la cama. La acaricie entera, le mordí los pechos. Le pedí se masturbara. La mire, se veía bella. Me levante a buscar algo para beber. Abrí una botella de champagne, bebimos la mitad.
Mire la hora. Recién medianoche. Voy a dormir, despiértame en cuatro horas más, con otra ropa.
Mire la hora. Recién medianoche. Voy a dormir, despiértame en cuatro horas más, con otra ropa.
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