domingo, 16 de enero de 2011

Camino a BDSM. Primera estación: Ágatha.

“Cualquiera que sea tu historia, bienvenido. Has emprendido un largo viaje
hacia la honestidad sexual y la revelación personal. Puede ser un camino
arduo, pero es el único modo de conseguir lo que deseas. En el decurso, te
parecerá que hay un montón desalentadoramente grande de conocimientos que
aprender; no te desanimes. El Amo más perverso del mundo, la dómina más
imaginativa, empezaron igual que tú hoy: curiosos, excitados y algo
inseguros.”

Pat Califia

Hacia calor esa tarde. Mucho calor. Febrero en Santiago es un mes que me desespera. Lo mío es el otoño, ideal una tarde después de lluvia suave cuando puedo ver toda la cordillera. Ese día, definitivamente, no era él de mi otoño preferido. Sentía que las suelas de mis zapatos quedaban derretidas y pegadas tras cada paso.

Al aproximarme, agotado,  a la estación del metro acordada, la vi de inmediato pues me esperaba a nivel de la calle y no adentro de la estación. Con Ágatha teníamos largo rato de amantes, en general nos quedábamos de juntar solo para sexo. Ya no era una mujer atractiva. Constantes subidas y bajadas de peso habían dejado una mala huella en su trasero..Hoy gordo y caído. Profesora de un colegio, la primera vez que la vi,  reclamaba rabiosa como siempre, no se que cosa al director, quien estaba algo arrinconado y sorprendido por la situación. Esa vez no me atrajo, tampoco las siguientes veces que me encontré con ella. No me atraen las brujas y Ágatha era de las peores, siempre queriendo salirse con la suya.

Hace unos años atrás, también en verano estaba arrendando una película cerca de casa y nos vimos entremedio de los pasillos. Esa vez se veía relajada, como chica hippie de los años sesenta. Tostada y con una blusa que sin mostrar nada insinuaba la ausencia del sostén. Reía, eso me atrajo y sin perder la sonrisa me pregunto algo sobre que película buscaba o me gustaba y cosas así. Siempre me han gustado las minas que intentan seducirme. Casi siempre lo logran. De inmediato le dije que me ayudara en la búsqueda y la viéramos juntos. Accedió, nos reímos, elegimos la película y quedamos de vernos mas tarde.

De ese primer encuentro sexual habían pasado varios años. Entremedio nos habíamos dejado de ver. Me aburría. Ahora estaba frente a mí, sin la figura de antes. Me sentía algo estupido, su conversación tampoco me atraían mucho y no se porque la había invitado a Valparaíso a escuchar tangos. Seguro que porque estaba solo y no quería quedarme encerrado en mi departamento. También, por que Ágata era muy buena amante. Lo chupaba como ninguna. Una vez le pregunté por su técnica y me contó que había buscado información en Internet. Lo que me excitaba no era la teoría que manejaba, sino que la práctica adquirida la convertían en una profesional.

Me acerque a la estación. La saludé, cortés, disimulando mi poco entusiasmo y bajamos rápidamente a tomar el tren que nos llevaría al terminal de buses.

Dos horas mas tarde, ya estábamos en Valparaíso. En cuanto nos bajamos sentí el aire más frío y relajado que Santiago. Me empecé ha acomodar. No demasiado, pero ya definitivamente preparándome a pasarlo bien. Rápidamente llegamos cerca del cerro Concepción y buscamos un lugar barato donde quedarnos esa noche. No llevábamos equipaje, solo que según recuerdo, nos queríamos asegurar el hospedaje. Nuestra relación era fría, eso me gustaba. Nada de amurracos. Ágatha tampoco se acercaba. Más por orgullo que por falta de deseo. Cuando no estaba brujeando, se ponía tímida. Esto tampoco me resultaba muy atractivo. El único atractivo que para mi ella tenía, era mi recuerdo de sus mejores años.

Ya en el restaurante pedimos congrio con ensalada y vino, mucho vino. No soy de aperitivos. Entre medio, escuchamos los tangos cantados por unos viejos lindos que se rotan casi sin parar. Tiene cuento el lugar. En las paredes se dejan ver fotografías, del mismo grupo de cantantes de cuando llegaron jóvenes a cantar hace 30 o 40 años atrás.

Había mucha emoción en el ambiente, lo que nos ayudo a relajarnos. Intimamos, por un instante la conversación nos acerco. Ella miraba algo sorprendida, yo miraba su escote y sus generosos pechos. Tenía el pelo ensortijado y salvaje, que de cuando en cuando yo acariciaba con fuerza. La sentí cediendo, entregándose en cada gesto.

Valparaíso es una ciudad extraordinaria, cada cierto rato entraban al restaurante personajes raros, imitadores de cantantes famosos, poetas delirantes, vendedores y muchos más. Todo ello, para completar un cuadro extraordinario, una noche fantástica.

Las luces, el vino, el ambiente me habían puesto de muy buen ánimo. A las 4 o 5 de la mañana anunciaron el cierre inminente del lugar en acuerdo a la ley. Fui al baño a mear, ya sentía el efecto de la buena mesa y salimos abrazados con Ágatha medios borrachos.
Me sentí exultante, la vi relajada. Tomamos un taxi, la posada quedaba cerro arriba y no me venía bien la caminata. Me apretó el pene con su mano por sobre el pantalón. Le mordí los labios, mientras ella miraba con un ojo al chofer, intentando hacerme pasar un mal rato. Soy tímido en público. Le advertí que no siguiera. De pronto, a la bajada del taxi Ágatha corrió en dirección opuesta, hacia un mirador. Pagué el taxi y nuevamente sin muchas ganas me fui a celebrar su nueva jugarreta. Ágatha, miraba el mar con euforia. De pronto debe haber notado mi impaciencia y se dispuso a molestarme. Agotado y recordando mi mala onda antes de partir trate en vano que ese juego terminara. Ágatha corría por el mirador en forma burlona, sexi, desprolija, ebria, simpática. Se subió la blusa y corrió el sostén mostrando los pechos al aire. Hermosos pechos, pero a  mi no me va eso de hacer escándalo en la calle. Recuerdos de Juventus y de represión militar en mi campus universitario me llevan a alejarme de cualquier situación que me acerque levemente a un cuartel policial. Hasta aquí la cosa iba bien y no quería ensuciar la noche. Apenas logré contenerla y llevarla a la habitación.

Una vez adentro de la habitación, me sentí en control. No recuerdo que hayamos prendido la luz, con la sensación y excitación que me generó haberme sentido en peligro comenzamos a acariciarnos. Por fin éramos uno solo. Ágatha era buena amante, una vez que se concentra la cosa se pone excitante. Eso si que como amantes que se conocen, solíamos tener una rutina. Algo ocurrió, no recuerdo bien, el lugar era lúgubre , sucio, oscuro, barato lo que le agregaba excitación extra a una noche que podía ser otra mas de sexo oral, penetración vaginal, algo mas por aquí y por allá y a dormir. Esa noche era distinta, sentí un calor enorme. Ambos más calientes que nunca. En la penumbra de la habitación vi tirada mi ropa por el piso y mi pantalón a medio caer de la cama. Ágatha me miraba complacida y se retorcía en la cama. Con una mano, la doy vuelta boca abajo mientras que con la otra alcanzo mi pantalón. Observo su cuerpo en la penumbra y me pareció el de entonces. Le mordí la oreja mientras sacaba el cinturón del pantalón y lo acomodaba en mi mano derecha. Mientras tanto, con la mano izquierda la recorrí desde los senos hasta el estomago, invitándola a parar el culo. Pasan unos segundos. Le doy el primer azote, ella se acomoda para el segundo. El gesto, me excita y le doy el segundo, tercer, cuarto azote... No se cuantos. Entre medio, note que se tomaba el pelo con ambas manos y paraba más el culo.. Era increíble la sensación, pensé que mi corazón reventaba..Cansado de tanto darle la doy vuelta para penetrarla por la vagina..Me aprieta con fuerza, cruza las piernas detrás de mi espalda.. Respiro, siento el calor, descanso..Me distancio, nuevamente la doy vuelta y la penetro por la vagina con su culo tocándome la pelvis..Toco fuerte con mis manos su cuello, espalda, y caderas. Pienso en el sexo anal. La tomo del pelo, siento que ya no puedo más y eyaculo con fuerza.

Me tiro en la cama y nos quedamos dormidos casi de inmediato.

Nos despertamos dos o tres horas después, necesitaba volver temprano a Santiago y ella lo sabia. Nos vestimos casi sin hablar, yo medio confundido para que voy ha decir otra cosa.

La habitación ya estaba pagada, así que nos fuimos rápidamente. Ya en el bus y premunidos de agua mineral para capear la borrachera conversamos de cualquier cosa. Algo más amigos, nos tomábamos de la mano y conversábamos alegremente. Ya en Santiago nos bajamos en el terminal y yo la acompaño a tomar un bus de acercamiento a su casa. Yo después tomaría el metro. Nos despedimos de un beso en la mejilla. No digo nada. Se va.

Al minuto, aun parado allí, me suena el celular. Contesto, escucho la voz de Ágatha: Todo bien, me gusto. Llámame. 

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